El gobierno de Iván Duque se encuentra golpeado, en opinión de Pizarro, por una conjunción de factores: represión a la protesta, regreso a la guerra y escándalos de corrupción.

Desde Bogotá

María José Pizarro fue electa congresista en el año 2018. Es una de las principales referencias políticas actuales de centro-izquierda en un país marcado por las multitudinarias protestas iniciadas en el 2018 que desembocaron en el estallido del 2021. Su historia es en parte la del país: “mi padre fue el último comandante del Movimiento 19 de Abril (M19), que fue la primera guerrilla que se desmovilizó en Colombia y en el continente”, cuenta a PáginaI12 en una mañana soleada en Bogotá.

Su padre, Carlos Pizarro, firmó en 1990 un acuerdo de paz con el entonces gobierno de Virgilio Barco. “Es asesinado 45 días después de firmar la paz siendo candidato presidencial con claras opciones de llegar a la presidencia”, narra Pizarro. Sucedió el 26 de abril de 1990, un mes antes de unas elecciones presidenciales en las que también fueron asesinados los candidatos Carlos Galán, de la corriente liberal, y Bernardo Jaramillo, de la Unión Patriótica, una fuerza política en su mayoría exterminada.

Tensa calma

María José tiene un trabajo de memoria realizado sobre aquella historia, con, por ejemplo, el documental titulado “Pizarro”. Su relato se enmarca en el continuo de violencia política que existe en Colombia, una situación de la que no escapa el 2021 marcado por los meses de estallido, la represión, y persecución estatal y paraestatal. “Estamos ahora en un momento de tensa calma, tenemos un momento de péndulo, donde el péndulo iba muy claramente hacia las aspiraciones de la gente, masivas, de la población civil, hoy el péndulo se devuelve a través de toda una campaña de estigmatización y de criminalización no solamente de la protesta, sino de quienes protestaron, a través de ese discurso que empieza a generarse una especie de rechazo social a las movilizaciones, y sobre todo a las primeras líneas de las movilizaciones”, analiza.

Esa situación se cruza con lo que denomina un “momento de fervor político” marcado por el las próximas contiendas legislativas y presidenciales: “hay muchas expectativas por parte de la población, y un gran rechazo hacia las estructuras tradicionales de la política”. El escenario político hacia el 2022 ya ha tomado sus formas principales a través de tres grandes espacios. Por un lado, se encuentra el denominado uribismo, la corriente política de derecha conducida por el expresidente Álvaro Uribe, a la cual pertenece el actual gobierno del presidente Iván Duque.

“El uribismo queda muy golpeado precisamente por su reacción absolutamente violenta en contra de la gente, pero también por una serie de escándalos de corrupción que ha tenido en los últimos meses, es una conjunción entre violencia, regreso a la guerra y la evidencia de que hay estructuras corruptas muy fuertes al interior del gobierno. Entonces creo que el uribismo hoy está en el peor momento de su historia, ellos mismos hablan de una disminución de su bloque parlamentario y la fuga hacia los partidos tradicionales de sus cuadros”, explica María José Pizarro.

Ganancia para el progresismo

Por otro lado, con los meses de protesta, “se fortalece el progresismo, indiscutiblemente hay un fortalecimiento precisamente a través de juventud que fue quien lideró las movilizaciones, el estallido social”. Las diferentes fuerzas progresistas se han reunido en el Pacto Histórico, “una conjunción, una convergencia de fuerzas políticas y sociales de centro-izquierda en el país”, de la cual forma parte Pizarro. Allí se encuentran sectores de izquierda como la Unión Patriótica y el Polo Democrático Alternativo, indígenas, liderazgos sociales como el de Francia Márquez, y el movimiento Colombia Humana, encabezado por Gustavo Petro.

Al Pacto Histórico también se han sumado otros actores, “como un sector muy fuerte que es Fuerza de la Paz, liderado por ex miembros del Partido de la U de Juan Manuel Santos, como son Roy Barreras, Armando Benedetti, otros que se están acercando, expresiones regionales que vienen de los sectores tradicionales y que de alguna manera están planteando una ruptura con esa forma tradicional de hacer política”.

“La idea es que, si logramos ganar la presidencia, que creemos muy posible como nunca antes en la historia, pues no bastaría un gobierno, se tendría que plantear la posibilidad de alternancias o de continuidades en el gobierno no en la misma persona, pero sí como proyecto político, y eso implica que desde ahora estemos trabajando en un frente de unidad que pueda cambiar históricamente nuestro país en términos de las estructuras mafiosas, corruptas, clientelistas, de todos estos clanes muy arraigados en el poder a nivel regional, que pueda empezar a simplificar la misma composición del Estado en el sentido de hacerlo mucho más accesible a la ciudadanía, de poder invertir un poco la inversión en presupuesto, que no sea una inversión tan amplia para los sectores del ministerio de Defensa, invertir mucho más fuertemente en educación, en una política mucho más social de lo que hemos tenido históricamente”.

Finalmente, existe un tercer sector, que se posiciona en un centro político, reunido en la Coalición de la Esperanza: “vienen de las estructuras tradicionales del poder en Colombia, que en el desprestigio de sus propios partidos tradicionales empiezan a expresarse en otras fuerzas, con un muy arraigado poder regional, de cacicazgos regionales, y otros más de los sectores más de la élite intelectual de nuestro país, demócratas de derecha que no plantean grandes transformaciones, sino como ellos han dicho una ‘transición tranquila’. Ellos tienen un relato progresista, pero cuando están en el poder no realizan grandes transformaciones”, explica, y pone como ejemplo a la actual alcaldesa de Bogotá, Claudia López.

Petro encabeza las diferentes encuestas a la fecha, en un contexto donde diferentes voces anticipan la probabilidad de una mayor escalada de violencia en los próximos meses, en un escenario ya marcado por masacres, asesinatos de líderes sociales y de quienes firmaron los Acuerdos de Paz en el 2016. Ese pronóstico se basa en la situación de retroceso del uribismo, su fortalecimiento con la política de guerra y el discurso del orden, así como la amenaza que representa para esos sectores la posibilidad de un resultado favorable al Pacto Histórico encabezado por Petro.

Colombia se encuentra así entre tres variables: la movilización social de la cual se espera un regreso en los próximos meses, la posibilidad de un cambio político en el 2022, y la amenaza de mayor violencia y muerte. Se trata de una configuración que recuerda épocas anteriores, donde también convivieron “la paz y la guerra de manera trágica como sucede siempre en nuestro país, como bien decía Úrsula Iguarán en Cien años de Soledad, el tiempo da vueltas en círculos y nos vemos siempre en los mismos bucles en distintos momentos históricos”. El objetivo es, esta vez, lograr romper el bucle.