Si la experiencia de este épico paro conduce a incentivar el despertar ciudadano, si lleva a consolidar el sujeto histórico plural de transformación, si el camino que el país siga no es el de la guerra sino el del trámite de la conflictividad social en democracia, estará cerca la luminosa y fecunda primavera. Luis I. Sandoval M. Investigador social, columnista de prensa Uno de los aspectos más asombrosos de este movimiento social de los últimos 40 días en el país ha sido su inmensa diversidad: social, política, étnica, generacional, cultural. Convergen actores urbanos y rurales, etnias y culturas, trabajadores y empleados de todas las profesiones y niveles. En sinergia policlasista se han encontrado en la calle las gentes del rebusque y el precariado, transidas por el hambre, y el empresariado pequeño y mediano abrumado por la quiebra.

Jamás se había visto cosa igual. Ya es de general aceptación que, ante los impactos devastadores de la pandemia y la incomprensión de los mismos por parte del gobierno nacional y los partidos que lo soportan, se crearon las condiciones para que, más que a un paro nacional, la inconformidad acumulada diera lugar a un estallido social, predominantemente juvenil, de dimensiones mayúsculas. De esa complejidad explosiva forma parte el incumplimiento del acuerdo de paz y el hecho de no haber proseguido el proceso de salida política con otros actores políticos armados. La victoria que ya es el paro, como puesta sobre la mesa con mucha fuerza de una agenda pública de carácter social, se debe a la enorme pluralidad de convocantes y participantes señalada en las primeras líneas.

No se puede cometer ahora el error de asignar (se) méritos unilaterales o desconocer a quienes estuvieron desde el primer momento, o a quienes llegaron en el curso de la acción, o a quienes se involucran ahora. La dinámica expansiva que tomó el movimiento hace que el paisaje del día 40 sea bastante distinto al del primer día. Ese paisaje es la obra de todos, hombres y mujeres, jóvenes y menos jóvenes, y a todos corresponde asumirlo. Nadie puede tomarlo como propiedad particular, el todo es superior a cada una de sus partes. Aquí también cabe decir ¡El paro se respeta! Una experiencia tan intensa crea una especie de identidad que se expresa en formas compartidas de ver y sentir y en rituales colectivos que crean empatía entre los y las participantes en la odisea del paro. Los protestantes se reconocen, se miran, se sonríen, se protegen, se apoyan, diseñan espacios –virtuales y presenciales– de encuentro, deliberación, decisión y acción.

Una especie de lógica, sentido común y sentimiento de lo que se rechaza y lo que se quiere se abre camino (C. Satizabal). Una característica sobresale: la protesta es pacífica, se convoca como acción ciudadana no violenta, levanta bandera de paz, demanda la continuidad de la paz política (cumplimiento y nuevos diálogos), pero no está a salvo de reducidas minorías que piensan y actúan distinto, ni exenta de las provocaciones y perversas estratagemas de la policía encaminadas a inducir miedo e inseguridad en gran escala, con el propósito de hacer deseable la intervención y justificable el abuso de las “fuerzas del orden”; es lo que se conoce como recurso al “pánico moral” (Sociólogo Stanley Cohen) que en este paro se ha podido ver de manera flagrante en videos, fotos y testimonios. Pero la identidad que cohesiona no está divorciada de la pluralidad en ebullición que se expresa en tensiones por objetivos, estrategias, inclusión de temas y actores, formas de tomar decisiones, vocerías. El paro es un ser colectivo de palpitante vitalidad que aprende y crece, o decrece, mientras actúa. Si las tensiones rompen el contenedor de la identidad el movimiento más fácilmente termina en fracaso que en éxito.

Real pero frágil es la fortaleza del paro. La acción colectiva se alimenta de victorias parciales, varias importantes se han obtenido y otras más relevantes aún pueden llegar si se mantiene la fuerza de la unión. No se cambia de caballo en mitad de la corriente. Tan necesario es el Comité Nacional de Paro CNP como los comités operantes en 800 municipios y 22 departamentos. Los puntos de bloqueo y resistencia surgen y se desmontan o repliegan en la medida que resulta necesario. Los corredores humanitarios son siempre pertinentes. El CNP persiste en el diálogo porque dialogar ha sido desde el comienzo la vía planteada para sus demandas. Hoy, sin embargo la insistencia en el diálogo puede convertirse en grave desgaste por la falta de empatía y de voluntad política del gobierno.

Se condiciona la negociación al levantamiento absoluto de todos los bloqueos como si ello estuviera en manos del Comité. La verdad es que todo tendería a la calma si en realidad se abriera paso un diálogo serio y confiable. La desconfianza en toda palabra y paso del gobierno se constituye de hecho en uno de los mayores factores de perturbación. Y, si hubiere negociación, la dinámica social indica a las claras que no la puede asumir en su integridad el CNP. Se requiere la mesa de juventud y quizá la mesa étnica. Aparte de flexibilizar hay que descentralizar y algunos diálogos serán regionales como ya se hace en Cali. Negociación improbable porque en un gobierno vicario el “presidente eterno” ya está trinando para que se desconozca al CNP y no se negocie nada. Como no se trata solo de una acción de protesta puntual, sino que es un movimiento de amplio espectro que se propone un objetivo de transformación estructural, histórico, la preservación de fuerzas y la capacidad de acumulación resultan imprescindibles.

De ahí la necesidad de crear formas articuladoras de poder alterno: cabildos, asambleas, consultas, referendos, constituyentes, encuentros de residentes, otras que se consideren necesarias sobre la marcha para cultivar el sujeto plural que practica una democracia intensamente participativa, por momentos directa, con liderazgos horizontales donde mujeres y jóvenes encuentran el lugar que nunca han tenido. El desconocimiento de la validez de la protesta, la pertinaz negativa al diálogo, el incumplimiento de acuerdos, la cadena de proyectos regresivos, la militarización de ciudades y regiones enteras (Decreto 575), la persistencia del mal gobierno constituyen el curso del golpe de Estado continuado (R. Sánchez) que frustra el avance del estado social de derecho.

Por ello la vía de juego político electoral con garantías, sin violencia y sin fraude, en 2022, no puede descartarse como búsqueda de condiciones para el ejercicio de una auténtica democracia de masas. El “mea culpa” presidencial de última hora en relación con los jóvenes (Blu Radio, miércoles 2) solo prueba que la razón asistía al movimiento desde un comienzo. ¿Cuándo se producirá el “mea culpa” de las elites todas resistentes al cambio (L. Celis) para que, en lugar de la represión y el baño de sangre, se produzca el diálogo, la ineludible negociación, para abrir camino a una efectiva república democrática y social? Definitivo atender la convocatoria a multitudinarias marchas con bioseguridad, con garantías para la protesta.

El paro afianzará su triunfo como expresión ciudadana de no violencia activa. En el movimiento de paro las tensiones no pueden avasallar la identidad y destruir la unión. Si la experiencia de este épico paro conduce a incentivar el despertar ciudadano, si lleva a consolidar el sujeto histórico plural de transformación, si el camino que el país siga no es el de la guerra sino el del trámite de la conflictividad social en democracia, estará cerca la luminosa y fecunda primavera. Si no es así, continuaremos adentrándonos en el más crudo invierno de inhumanidad y dictadura. Edición 732 – Semana del 5 al 11 de junio de 2021

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