Deseo agradecerles por el soberbio elogio a la razón de vuestro Manifiesto2020, y muy especialmente porque junto a Toni Domènech recuerden también a Mario Bunge, otro filósofo que siempre batalló con valentía en contra del irracionalismo ahí donde se lo topara. Sirva como un homenaje para ambos, dos incansables luchadores por el “sapere aude”.

Fui invitada a esta mesa para hablar sobre la ilustración -un concepto político, que Toni siempre pensó de esta manera-. La ilustración tiene una historia que en muchos momentos corre paralela con la modernidad. Ambos conceptos recibieron todo tipo de críticas que -por más justas que puedan ser algunas- no eliminan su carácter emancipatorio.

La pregunta “qué es la ilustración” nació en la Europa dieciochesca y, como pregunta, tuvo su origen en suelo alemán, concretamente en el año 1783 cuando una revista periódica berlinesa publicó un artículo de un teólogo alemán -Johann Zöllner- que en una nota al pié introdujo la pregunta y despertó un aluvión de respuestas, una de ellas la muy política respuesta kantiana del año 1784, el segundo artículo de los quince que aparecieron entre 1784 y 1796. Los textos se multiplicaron en revistas y panfletos, tanto fue así que en un escrito anónimo de 1790 se llegó a hablar de que el término había desatado una “guerra de todos contra todos”.

Como kantiana que soy, siempre pensé a la ilustración en términos políticos, y también como un concepto que requiere una mirada histórica e institucional, y en el caso de Kant y de algunos otros ilustrados alemanes -pero no de todos-, como un proceso de evolución histórica e institucional de despliegue del concepto de libertad entendido como “independencia” –moral, espiritual y material-. Independencia frente al dominio y el imperio de los poderosos, ahí donde los hubiera: la monarquía, la nobleza, el clero, los funcionarios prusianos que no se atrevían a pensar por sí mismos y ejercían censura desde la Cátedra y a quienes Kant, por eso mismo, les puso el mote de “menores de edad”; y los grandes apropiadores de tierra que con sus privilegios hereditarios acumulaban (y aún hoy acumulan) la propiedad de la tierra, la principal garantía del derecho a la existencia de todos, en sentido cosmopolita.

Pues bien, en Alemania nacieron la pregunta y varias de las respuestas sobre el qué de la ilustración, pero Alemania también -y esa fue una tesis original de Toni-, la Alemania del primer tercio del siglo XX fue el laboratorio de las ideas anti-ilustradas, y “el artífice fue Max Horkheimer, el primer intelectual de izquierda que se hizo eco y que creyó poder dar un uso de “izquierda” a esa nueva crítica romántica –procomunitarista, antirracionalista, y sobre todo, esforzadamente empeñada en confundir Ilustración o modernidad con capitalismo”.

A decir verdad, los primeros enemigos de la ilustración solían ser los conservadores, al principio preocupados por los peligros de extender la ilustración a todos los súbditos de la monarquía, más tarde porque peligrara el privilegio monárquico de imponer un credo oficial, o porque temían que la ilustración lograra poner un coto a la censura. Finalmente, ya en los 90, porque la ilustración promovía un lenguaje de los derechos universales inalienables que llevarían al terror jacobino, como en su momento también pensó y escribió Hegel.

Regreso ahora a Toni. En el año 2007 lo invitaron a participar en un Simposio sobre el “Cambio de Siglo” en la Universidad Autónoma Metropolitana de México, organizado por Rhina Roux y Adolfo Gilly. En esa ocasión presentó un trabajo inolvidable sobre el pasado y el futuro del socialismo republicano, que les recomiendo. Fue allí que conoció a un brillante estudiante mexicano que le propuso una entrevista, publicada luego en Sinpermiso con el título de: “Izquierda académica, democracia republicana e Ilustración. Diálogo con un estudiante mexicano de filosofía”. El estudiante le hizo la siguiente pregunta, y quienes conocieron a Toni seguramente ya imaginarán su respuesta:

Profesor, usted es un característico representante del pensamiento heredero de la Ilustración: republicano, democrático, universalista, racionalista, amigo de la ciencia moderna. Además, usted es un reconocido y veterano militante de la izquierda socialista española y europea. Ya me perdonará la ingenuidad, pero mi primera pregunta, entonces, como estudiante mexicano, es ésta: ¿Cómo pueden hacerse compatibles ambas cosas? ¿Cómo puede haber una izquierda intelectual pro-ilustrada?

Y sí, la respuesta de Toni fue la esperada.

Hay una evidente diferencia entre usted y yo que no es tanto de ubicación geográfica –Europa, América Latina—, como generacional. Nadie, ni en Europa ni en América Latina, ni en parte alguna de la Tierra, ponía en cuestión hasta hace unas pocas décadas que la izquierda política, en particular la socialista –en el amplio sentido de la palabra, que abarca desde el viejo laborismo británico hasta el anarcosindicalismo revolucionario catalán, pasando por las distintas socialdemocracias continentales y los diversos comunismos planetarios—, era la heredera de los ideales de la Ilustración dieciochesca”….

Es importante advertir que el estudiante mexicano adjetivó al pensamiento ilustrado como lo hubiera hecho un europeo de izquierda de otra generación, lo cual habla de una formación no sectaria: pensamiento republicano, democrático, universalista, racionalista, amigo de la ciencia moderna. Pero seguramente, y como la mayoría de los estudiantes de su generación, el estudiante mexicano también estuvo bañado en todas las aguas de la crítica a la razón ilustrada entendida como una mera razón instrumental que -en su evolución- estuvo al servicio del capital. Y es muy posible que incluso hubiera leído el texto la Dialéctica de la Ilustración de Horkheimer y Adorno del año 1944. Se trata de un texto claramente anti-ilustrado de dos pensadores de gran prestigio, para quienes la ilustración había sido, finalmente, un proyecto que quiso ser liberador pero estuvo viciado desde el principio, y se desplegó históricamente como un proceso de alienación y cosificación.

La hipótesis de Toni era que “Horkheimer había inaugurado una línea muy recorrida luego por la izquierda anti-ilustrada postmoderna, porque cuando se empieza por confundir capitalismo e ilustración ya nunca se reconcilia con la ilustración, o se reconcilia torticeramente, como algunos izquierdistas pasados al neoliberalismo, hoy—, pero lo más frecuente y normal es que acabe reconciliándose con el Capitalismo”.

En el año 1985, Habermas publicó el libro El discurso filosófico de la modernidad, en el que prácticamente hace equivaler el discurso de la modernidad con el de ilustración. Lo cierto es que el libro, aún sin compartir el juicio demodeloder de Horkheimer y Adorno, prácticamente no habla de la modernidad, pues en realidad habla de los inicios de la post-modernidad y de la modernidad devenida en discurso y en centro de ataque filosófico; habla de Hegel, Nietzsche, Heidegger, Derridá, Castoriadis, Foucault, todos ellos en mayor o menor medida críticos de la modernidad y de la razón ilustrada. Ese discurso habermasiano de la modernidad es, en realidad, un discurso sobre la pre-pos-modernidad y por tanto también de la pre post-ilustración, que no va acompañado con una lectura más sólida de la modernidad y de la ilustración, convertidas sin embargo en centro de los ataques pre-posmodernos de izquierda y de derecha. Habermas también inauguró una lectura de la modernidad que modeló a una parte de la izquierda, y no sólo europea. Sólo que la ilustración y la modernidad, también merecen una lectura contemporánea de izquierda, históricamente contextualizada y desprejuiciada.

Termino citando un texto que escribimos juntos y del que nos sentíamos muy satisfechos:

Se habla con demasiada alegría de “modernidad”, como si de un conjunto de pasos homogéneos se hubiera tratado, de una especie de crecimiento ontogenéticamente desplegado a partir de un “programa” bien establecido (el “programa de la modernidad”, se dice a veces de manera ahistórica). Y ocurre, además, que los siglos posteriores, y particularmente, el XX, han reinterpretado anacrónicamente los procesos históricos que llevaron al mundo que ahora consideramos “moderno”. Hobbes, por ejemplo, es para muchos el prototipo de la filosofía política moderna: ¡Hobbes, el apologeta de la monarquía absoluta; Hobbes, el restaurador de los imperios occidentales y orientales antiguos, destructores de la libertad republicana….. Si Hobbes fuera el epítome de la modernidad –de una modernidad entendida como proceso homogéneo y simple–, no habría desde luego sitio en la modernidad para Vitoria y para la Escuela de Salamanca…, pero tampoco para Milton, para Locke, para Kant, para Jefferson o para Robespierre.

Descansa en paz, querido compañero.

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