Fuentes: Middle East Eye

Foto: El escritor francés Albert Camus en París en 1957 (AFP)

Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

Los momentos difíciles exigen una literatura de talla. Al menos eso es lo que quieren que creamos los directores de los periódicos y los intelectuales.

Desde que este año estalló la pandemia del coronavirus como una amenaza global parece que cada una de las publicaciones en el mundo ha publicado un artículo en el que se compara la situación con la novela de 1947 de Albert Camus, La peste, y se recomienda el libro como una parábola de los momentos difíciles que estamos viviendo.

El mes pasado le tocó a Steve Coll en las páginas de New Yorker. Además de elogiar la participación de Camus en la resistencia a la ocupación nazi de Francia, Coll describe al autor como un modelo de lúcida racionalidad en un momento de crisis: “Parece asombroso que Camus, que escribió a mediados de las década de 1940, pudiera conjurar con esa claridad, durante una epidemia, una moralidad política que propugna la información factual, la ciencia médica y los regímenes de sanidad pública”.

Invisibilizar a la población argelina

Coll tiene razón en defender un modelo anclado en la razón en un momento en el que las teorías de la conspiración proliferan por internet y el presidente de Estados Unidos hace proselitismo de la pseudociencia y del aceite de serpiente desde el Despacho Oval. Pero, ¿no hay un listón más alto que ponernos hoy en día? Un factor crítico que Camus y muchos de sus admiradores modernos omiten sugiere una respuesta.

El homenaje de Coll y la mayoría de los demás publicados los últimos meses omiten el contexto colonial en el que nació y vivió Camus, y en el que se sitúa La peste. De todos los artículos que he leído solo el del novelista argelino Kamel Daoud (autor de The Meursault Investigation, una célebre “secuela” de El extranjero, de Camus) publicado en Le Point, y el de la filósofa feminista Jacqueline Rose, publicado en London Review of Books, plantean el problema del proyecto de asentamiento colonial de Francia en Argelia que duró 132 años.

Francia siguió adelante con su proyecto colonial, que había iniciado bajo capa de la “mission civilisatrice” (misión civilizadora), con una brutalidad que dejaba claro que sus artífices eran todo menos civilizados. Actualmente Argelia continúa luchando para superar esa tragedia. Si se camina por las calles de cualquier ciudad argelina se atraviesan bulevares que llevan los nombres de los mártires de la sangrienta guerra de independencia del país. Casi seis décadas después de que Francia abandonara aquella lucha y cediera su colonia francesa las autoridades francesas siguen dando largas a los llamamientos a ofrecer disculpas oficiales.

Muchas personas argelinas consideran esta reticencia una mera continuación de las políticas coloniales francesas que durante mucho tiempo trataron de borrarlas, a ellas y a sus antepasados, trataron de invisibilizar a las y los argelinos en su propio país.

Una mentalidad colonial

A finales de la década de 1940 la población argelina superaba a la población colona europea, a la que se denominaba “pieds-noirs”, en una proporción de ocho a uno. Orán, la ciudad portuaria al oeste de Argelia en la que se sitúa la novela, era conocida por su gran población europea, aunque al menos una de cada tres personas residente en ella era de origen argelino. Con todo, estas personas están prácticamente ausentes en La peste. Ninguno de las decenas de personajes que se nombran en la novela es argelino. Nunca los oímos hablar a la población argelina y casi nunca oímos hablar de ella. Una de las únicas menciones es una línea en la que se habla de la muerte de un árabe anónimo en una playa argelina, una alusión fácil al anterior éxito de Camus, El extranjero.

Quizá no nos debería sorprender: aunque Camus formó parte como escritor de la resistencia contra la ocupación nazi, nunca logró librarse de la mentalidad colonial en la que nació. Se opuso sistemáticamente a la independencia de Argelia y apoyó medidas tintas destinadas a suavizar el flagelo de la injusticia colonial, no a eliminarlo (por ello, a pesar de la celebridad de Camus la Argelia independiente nunca ha hecho suyo su legado. Ninguna placa honra la casa de su niñez en Argel).

Cuando se publicó la novela de Camus tras la Segunda Guerra Mundial se elogió como una conmovedora alegoría de la resistencia de Francia a la ocupación. Pocos lectores se dieron cuenta de la contradicción de que Francia se lamentara de su propia ocupación mientras perpetraba otra injusticia al otro lado del Mediterráneo en el norte de África. ¿El hecho de que la novela se sitúe en Argelia no debería haber sido una clave obvia? Si el propio Camus no hubiera dado el mismo salto mental cabría preguntarse si su novela no era una gran sátira del colonialismo

No ver las injusticias

Hoy, en un mundo que el COVID-19 ha puesto patas arriba, los escritores proponen La peste como una guía para lectores ansiosos y desorientados. Pero quizá el reciente renacimiento de este libro muestre los límites de la literatura, no sus virtudes. ¿De qué otra manera podrían los bibliófilos aclamar una novela por ser un parábola de la decencia humana (el tema que Camus eligió destacar el las últimas líneas de la novela), una metáfora del triunfo del bien sobre el mal y, al mismo tiempo, no ver la injusticia en la que se arraiga?

Foto: Varios paracaidistas franceses embarcan en un avión de transporte cerca de Argel en 1956 (AFP)

En parte la respuesta puede ser que los nuevos promotores de La peste provienen de las torres de marfil de los departamentos de literatura franceses y no de los departamentos de historia. Como afirmó uno de los contemporáneos de Camus, el brillante escritor y lingüista argelino Mouloud Mammeri, “el pasado pesa con toda su gravedad en el presente y es en el pasado donde se injertará el futuro”.

Al revisar la novela meramente como una obra literaria, desprovista de su contexto histórico, hay muchas personas que no quieren ver lo obvio, a pesar de que durante años los eruditos han criticado el hecho de que Camus borrara a las y los argelinos originarios. Sus defensores en la prensa escrita no han difundido estas críticas, sino que han prestado un apoyo incondicional a la novela.

Unas desigualdades profundas

Con todo, ¿es verdaderamente necesario este alboroto? ¿No podemos leer simplemente La peste como un relato sobre una pandemia sin considerar el colonialismo? No, incluso dejando de lado las consideraciones morales, si verdaderamente queremos derrotar la enfermedad.

Para detener la carrera de un contagio en una sociedad (ya sea la nuestra o la ligeramente ficticia Argelia de mediados de siglo de Camus) tenemos que considerar qué aspectos del contagio y qué aspectos de la sociedad anfitriona permiten su propagación mortífera.

Imaginen el Orán de la década de 1940: en una populosa metrópoli a orillas del mar la peste afectaría por igual a todas las personas, ya fueran argelinas o europeas. Sería inútil luchar para que no se propagara en un grupo mientra se descuida el otro. Además del coste de vidas de argelinos, este enfoque mantendría una reserva de contagio que volvería a infectar continuamente a los residentes europeos.

Si las autoridades coloniales de la novela hubieran valorado de la misma manera las vidas de las personas argelinas nativas, podrían haber adoptado un enfoque más holístico para combatir la peste y probablemente habrían acabado con su propagación antes y con menos víctimas en todas partes.

Considerado desde este punto de vista, la novela de Camus nos ofrece una lección hoy en día, aunque sea una que la mayoría de sus defensores parece ignorar: para salvar a algunas personas debemos salvar a todas. ¿A qué clase marginal que sufre desde hace mucho tiempo no reconocemos ni cuidamos nosotros hoy en día en nuestro propio mundo, de la misma manera que Camus y sus compañeros colonizadores ignoraron los argelinos que había entre ellos?

En unas pocas semanas la pandemia de COVID-19 ha sacado a la luz las profundas desigualdades que hay entre grupos étnicos y raciales, entre géneros, entre clases y profesiones y entre muchas otras divisiones en la sociedades de todo el mundo (por no mencionar las vastas diferencias que hay entre naciones). La conciencia acerca de esas divisiones está aumentando y en algunos lugares las desigualdades están logrando una recién descubierta atención en el debate público.

Crear una “nueva normalidad”

Algunas personas han pedido que se cree una “nueva normalidad” que valore a las personas trabajadoras que tienen salarios y estatus bajos, garantice un mejor acceso a la atención sanitaria, proteja mejor a las personas vulnerables, corrija nuestra peligrosa trayectoria climática y subsane muchos otros errores que hemos ignorado durante demasiado tiempo.

Tienen razón en pedirlo. Aun siendo muy mortífero, el COVID-10 no es la peste que Camus imaginó en su novela ni tampoco el mundo actual es comparable con el de la década de 1940. Con nuestros vastos recursos, un mejor conocimiento científico y la estructura de la información global no necesitamos seguir el modelo de aquellos tiempos desgarrados por la guerra, sin conexión y profundamente injustos. Hay poco que celebrar en ir saliendo del paso en una pandemia mientras se evita la reflexión honesta sobre uno mismo, tan necesaria para crecer y mejorar verdaderamente.

No obstante, en las últimas páginas de la novela los colonos supervivientes celebran la desaparición de la plaga cantando y bailando en las calles, aun cuando persisten las injusticias del colonialismo. ¿Acaso no podemos hacerlo mejor hoy en día, en que estamos armados de la sabiduría que da la experiencia?

La irrupción en los últimos días de protestas y descontento en mi país, Estados Unidos, en respuesta a la brutalidad policial contras las personas afroestadounidenses sugiere que al menos esa sociedad no lo está haciendo mejor. Lo mismo que Camus y sus compañeros pieds-noirs, la élite estadounidense (en la que me incluyo) ignora desde hace mucho tiempo el dolor de esta clase baja que está a su lado, hace caso omiso a sus peticiones de reforma, a pesar de los reiterados llamamientos. También en este caso el relato de Camus ofrece unas lecciones involuntarias aunque instructivas.

Derribar los sistemas de opresión

Siete años después de que se publicara La Peste el pueblo argelino emprendió la revolución que acabaría con el proyecto colonial de Francia. Es evidente que lo que provocó ese levantamiento fue el hecho de que durante décadas los amos coloniales hubiera ignorado a ese pueblo. Lo que es menos obvio es que ese mismo hecho de ignorarlo también permitió el triunfo de la revolución.

Al eliminar a las y los argelinos originarios de su propia imagen mental de Argelia los colonos franceses los invisibilizaron y eso permitió a las y los argelinos organizarse en secreto. La heroína de la liberación argelina Zohra Drif destaca en sus memorias, Inside the Battle of Algiers [Dentro de la batalla de Argel] cómo mientras que los franceses no hicieron mucho por entender la cultura argelina, los argelinos estudiaron a fondo las francesa. “La profunda ignorancia de los franceses acerca de nuestro pueblo y el desprecio que sentían por él” permitió a las y los combatientes argelinos emprender ataques que atrajeron la atención internacional hacia su causa y cambiaron el curso de la guerra, indica esta escritora.

Foto: una multitud de argelinos celebra la independencia en Argel en 1962 (AFP)

Aquella guerra acabó con el mundo que conocían Camus y sus compañeros colonizadores, y ello gracias a su propia ceguera respecto al pueblo argelino y a su sufrimiento. Hoy en día los estadounidenses y otros harían mejor en no seguir sus pasos y emular, en cambio, a pieds-noirs como Maurice Audin, Fernand Iveton y otras personas que se unieron al pueblo argelino para defender la causa de la justicia. Es decir, escuchar a las y los afroestadounidenses y a otras personas que sufren, tratar de entender su sufrimiento y unirse a ellos para reformar o acabar con los sistemas de opresión. Esto no quiere decir proclamar que “el color no tiene importancia para mí*”, que es otra forma de ceguera y de ignorar al otro. En vez de ello hay que empezar por decir en voz alta “las vidas de las personas negras importan” [Black lives matter] y a continuación arremangarse y ponerse a trabajar para que de verdad importen.

Mucho antes de convertirse en personas que luchan por la libertad Zohra Drif y un amigo argelino tuvieron una disputa en el recreo con sus compañeros de estudios pied-noirs, nada más y nada menos que sobre Camus. Drif recuerda en sus memorias que los estudiantes franceses defendían las pusilánimes propuestas de Camus para modificar el sistema colonial. Drif y su amigo replicaron: “Vosotros, estudiantes de literatura, deberíais elegir otro escritor favorito […] Entonces comprenderéis que en momentos verdaderamente históricos quienes resisten, los ‘extremistas’, como vosotros los llamáis, son quienes tienen razón”.

* “I don’t see colour”, en inglés. Significa literalmente “no veo el color” y es una frase que representa la postura de algunas personas (en general de ascendencia europea) que afirman estar “más allá” de la cuestión racial y actuar igual con todas las personas. Sin embargo, en una sociedad racista supone una afirmación pueril e individualista, y que no es solidaria con el movimiento antirracista (N. de la t.).

Los puntos de vista expresados en este artículo son los del autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Middle East Eye.

Andrew Farrand ha traducido Inside the Battle of Algiers, de Zohra Drif (Just World Books, 2017) y es el autor de The Algerian Dream (que se publicará en 2020). De 2013 a 2020 vivió en Argel, Argelia, donde trabajó para implementar programas de desarrollo juvenil en todo el país. Es licenciado por la Escuela de Servicio Exterior de la Universidad de Georgetown, domina el francés y el árabe y escribe en la página web Ibn Ibn Battuta.

Fuente: https://www.middleeasteye.net/opinion/plagued-misreading-camus-age-covid-19-and-black-lives-matter

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