Una estatua de Cristóbal Colón fue derribada, quemada y tirada a un lago en Richmond, Virginia, durante una manifestación en el Byrd Park. Foto: AP

En Virginia, Alabama, Tennessee y Mississippi, estados del sur norteamericano, los símbolos que celebran el pasado colonialista y esclavista de Estados Unidos están siendo derrumbados, estropeados o retirados desde que comenzaron las protestas y disturbios sociales por la muerte de George Floyd, las tensiones sociales a raíz de la pandemia global y la crisis capitalista.

Los monumentos en la mira de los manifestantes incluyen representaciones de los soldados confederados, estatuas de Cristóbal Colón y figuras de políticos antiguos y recientes. Son actos simbólicos que dicen mucho del momento que vivimos.

Figura de Cristóbal Colón sumergida en un lago en la ciudad de Richmond, Virginia. Foto: AP

Los emblemas de la Confederación vandalizados

– El 30 de mayo un monumento confederado en el centro del campus de la Universidad de Mississippi fue marcado con las palabras “genocidio espiritual” y cubierto de huellas de manos rojas.

– A principios de este mes, un monumento en memoria del general del Ejército Confederado Robert E. Lee fue arrancado de su pedestal fuera de una escuela secundaria de Montgomery, Alabama, que lleva su nombre. Se presentaron cargos contra cuatro personas en el incidente.

– En Richmond, Virginia, una estatua del presidente confederado Jefferson Davis fue derribada la noche del miércoles 10 de junio. Un día antes había ocurrido un episodio similar: en el parque Bird, ciudadanos de Richmond removieron una estatua de Cristóbal Colón y la sumergieron en un lago. En el pedestal quedó un cartel con la frase: “Colón representa el genocidio”.

– Una estatua de Edward Carmack en Nashville, Tennessee, político de principios de 1900 y editor de un periódico que apoyó algunos linchamientos de hombres negros en un barrio de Memphis, fue derribado a las afueras del Capitolio del estado.

El gobernador de Virginia, Ralph Northam, anunció que una estatua del general Robert E. Lee en Richmond iba a ser retirada. Foto: Getty Images

Existen más de 700 estatuas en Estados Unidos que honran al bando perdedor, los Estados Confederados, en el episodio de la guerra de secesión de mediados del siglo XIX. Cabe anotar que los confederados representaban a los terratenientes dueños de esclavos, sin embargo el bando de la Unión también tenía a esclavistas y capitalistas que aprovecharon el trabajo esclavo para su desarrollo económico y de clase.

En ese sentido, algunos íconos se han retirado en los últimos años, como parte de un debate sobre los símbolos confederados que cobró impulso tras el tiroteo en una iglesia de Charleston en 2015 y el suceso de un hombre embistiendo con su automóvil a un grupo de personas que se oponían a las manifestaciones de supremacistas blancos en Charlottesville, Virginia (2017).

La decisión de retirar un monumento de la Guerra Civil desató el caos y la violencia por parte de los supremacistas blancos en Charlottesville. Foto: AP

La imagen popularizada de la guerra de secesión es de una supuesta lucha entre esclavistas del Sur y libertarios del Norte, sin embargo, el historiador Richard Brown, citado en un ensayo del profesor de historia y economía Roger Ransom, observa que “sin intentar demostrar que la modernización ‘causó’ la Guerra Civil, se puede argumentar que fue en gran medida el conflicto de una sociedad en proceso de modernización”.

El Norte, en rápida expansión comercial e industrial, explica Ransom, comenzó a tener tensiones con el Sur rural, donde la columna vertebral que sostenía la producción de tabaco, arroz, azúcar y algodón era la mano de obra esclava. Prevaleció la visión de los portavoces del capitalismo industrial, que capturaron al estado y afianzaron su sistema, en detrimento del sistema económico estático de los sureños.

Aunque los estados del Sur fracasaron en sus aspiraciones secesionistas, la perspectiva de supremacía no desapareció de la política y sociedad estadounidense, sino que se afianzó, del mismo modo que lo hizo en la política exterior. Los monumentos erigidos a los confederados demuestran que nunca hubo desavenencias morales con la cruenta etapa esclavista en Estados Unidos.

Y en Europa

En Gran Bretaña, los activistas de la ciudad de Bristol derribaron una estatua de Edward Colston, un comerciante de esclavos de los siglos XVII y XVIII y la hundieron en el puerto.

Colston se involucró en la única compañía oficial de esclavos de Inglaterra de la época, la Royal African Company, que transportaba decenas de miles de africanos principalmente para trabajar en las plantaciones de azúcar del Caribe y en los campos de tabaco que estaban floreciendo en la nueva colonia norteamericana de Virginia.

Residentes de Bristol arrojan la estatua de Edward Colston al agua. Foto: AP

Miles de personas se movilizaron el martes 9 de junio frente al Oriel College de la Universidad de Oxford para exigir que derribaran la estatua de Cecil Rhodes, inglés que personificó la nueva etapa de explotación genocida de Inglaterra sobre las ex colonias africanas, luego de abolida la esclavitud en 1833, buscando controlar los recursos mineros.

Para impedir que sea atacada por los manifestantes en Londres, una estatua del ex primer ministro británico Winston Churchill fue cubierta con tablones, del mismo modo que otros monumentos que están en la lista de “Topple The Racists” (“Derriben a los racistas”), un sitio web que ha propuesto eliminar estos símbolos “para que Gran Bretaña pueda finalmente enfrentar la verdad sobre su pasado”.

Winston Churchill es considerado un héroe de la Segunda Guerra Mundial en la versión de Occidente. El mito, por supuesto, omite su responsabilidad directa en la muerte por hambruna de 3 millones de personas en Bengala, región sometida por los ingleses hasta 1947 y que ahora está dividida en la República de Bangladés y el estado de Bengala Occidental (India).

La periodista bengalí Sohini Chattopadhyay recopila una serie de investigaciones y pruebas que demuestran que la hambruna en el subcontinente indio fue causada por una “decisión política tomada por el gobierno de Churchill en el Reino Unido”. En 1943, por ejemplo, cuando Gran Bretaña había declarado oficialmente la crisis alimentaria en la India, Churchill importó 70 mil toneladas de arroz al Reino Unido.

“Si se pueden comparar estos crímenes horribles, la incidencia de los asesinatos en masa de Churchill es mucho mayor que la de Hitler”, sentencia Chattopadhyay.

A la estatua del genocida Winston Churchill también hay que custodiarla de las protestas. Foto: AFP

El primer ministro británico Boris Johnson, defensor y admirador del legado de este criminal de guerra, expresó en Twitter que era “absurdo y vergonzoso” que una imagen de su ídolo estuviese amenazada. “Sí, a veces expresó opiniones que eran y son inaceptables para nosotros hoy en día, pero fue un héroe, y se merece plenamente su monumento”, agregó.

Asimismo, en algunas ciudades de Bélgica se comenzó a remover las figuras del Rey Leopoldo II, que presidió el genocidio de millones de congoleños a finales del siglo XIX, por la presión de las manifestaciones.

Bajo su reinado, el Estado Libre del Congo utilizó mano de obra forzada para extraer caucho. El asesinato, las mutilaciones, las violaciones y el hambre eran comunes en las actividades imperiales belgas para obtener los recursos del país africano.

El autor estadounidense Adam Hochschild concluye en su libro El fantasma del rey Leopoldo que la población del Congo disminuyó en aproximadamente 10 millones durante el período de Leopoldo.

Estatua de Leopoldo II atacada durante protestas en Bélgica. Foto: AFP

Hay que destacar el hecho de que sea en Estados Unidos y Europa, ambos voceros del capitalismo que representan a siglos de imperialismo occidental sobre el planeta, uno más reciente y hegemónico que el otro, donde los manifestantes han considerado oportuno desfigurar y derribar emblemas de la esclavitud y el colonialismo.

También se debe señalar el tiempo que ha tomado para que una medida así ocurra, cuando la sociedad global está en el estadio más decadente del neoliberalismo, y que aún así los medios pro-occidentales se enfoquen en etiquetar a autores y defensores de asesinatos masivos como “personajes controversiales” al momento de reseñar los incidentes.

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