Una combinación de socialismo y economía de mercado no es una idea nueva. Pero es un tema de gran actualidad.

El socialismo de mercado para mucha gente es un emparejamiento imposible, una contradicción en los términos: ¡el mercado y el socialismo se excluyen mutuamente! Amigos y enemigos del socialismo piensan igual. Para muchos liberales el socialismo también significa el fin del mercado, la competencia y la propiedad privada. Por el contrario, muchos izquierdistas están convencidos de que cualquier reminiscencia del mercado y la competencia pervertiría inmediatamente el socialismo más modélico.

La falsa alternativa de «o mercado o socialismo» ha arraigado firmemente en muchas mentes. Los ideólogos tanto de izquierda como de derecha no quieren aceptar ninguna posibilidad intermedia, ninguna forma híbrida de ambos. Sin embargo, en el siglo XIX, muchos socialistas vieron la raíz de todos los males capitalistas no en el mercado en sí mismo, sino en el intercambio desigual e injusto que resulta de las condiciones de competencia distorsionadas y adulteradas. Por lo tanto, sus ideas de socialismo no giraban en torno a la abolición del mercado, sino a la reforma del mismo para permitir un intercambio justo, y precios y salarios justos. Sin intercambio, sin competencia, sin propiedad privada, espíritus tan dispares como Pierre-Joseph Proudhon o John Stuart Mill no podían imaginar el socialismo.

Hay que decir que en el socialismo temprano dominaba un fresco y alegre optimismo para encontrar soluciones: «Cuando llegue el momento, sabremos qué hacer, y el día después de la revolución ya veremos.” Solo hubo intentos ocasionales de pensar un poco más detenidamente en las formas de organización y reorganización económica que serían necesarias después de la revolución. Una discusión más amplia sobre el tema se desarrolló al final de la Primera Guerra Mundial, cuando en el primer gran debate sobre la socialización volvió a aparecer la disputa sobre la posibilidad o la imposibilidad del socialismo sin mercado, dinero y precios.

En ese momento nadie hablaba de «socialismo de mercado»; más bien, la cuestión era con qué rapidez y amplitud se iba a «socializar» la economía, y qué tendría que sustituir a la empresa privada y a la competencia del mercado si se quería crear una sociedad basada en la propiedad común de los medios de producción. Las dos posiciones más extremas fueron marcadas por el austromarxista Otto Neurath y por Ludwig von Mises, el representante más importante de la Escuela Austriaca de Economía.

Neurath opinaba que la economía de guerra practicada durante la Primera Guerra Mundial había demostrado suficientemente que la planificación económica integral a gran escala era posible sin precios y sin competencia de mercado. Von Mises reaccionó a esto en 1920 en su ensayo ”La economía en la sociedad socialista”. No negó la posibilidad de una economía de planificación centralizada, pero sí negó que dicha economía pudiera funcionar de manera racional y eficiente. Las autoridades encargadas de la planificación podrían adoptar decisiones económicas racionales en relación con la utilización de los recursos económicos solo sobre la base de la información disponible, la cual se encontraría solamente en la formación de precios y la comparación entre las variables de los precios. Sin embargo, sin mercados no habría precios, y sin capitalistas privados no habría mercados desarrollados. Por lo tanto, un orden económico socialista racional sin mercados es imposible.

Numerosos socialistas se volvieron contra Neurath y von Mises. Karl Kautsky, por ejemplo, insistió en la libertad tanto de los productores como de los consumidores, que también debe concederse en el marco del socialismo, mientras que los austromarxistas abogaron por el pluralismo de las formas de propiedad y de empresa y por una competencia de mercado limitada y regulada.

Embridar y desembridar

Friedrich von Hayek, el padrino teórico del actual fundamentalismo de mercado, llevó el argumento de von Mises más allá y trabajó en la prueba de que una economía planificada socialista era imposible. Dos jóvenes economistas socialistas, Oskar Lange y Abba Lerner, aportaron pruebas contrarias: en el decenio de 1930 desarrollaron el modelo de un «socialismo competitivo», una economía planificada en la que el uso y la asignación de los recursos se decide racionalmente. Esto requiere solo de unos pocos mercados, como el de los bienes de consumo, pero no una economía de mercado completa.

Desde entonces, se han desarrollado numerosos modelos socialistas de mercado, por ejemplo cuando se habla de democracia económica. La liberalización de los mercados y la reintroducción de los mercados de trabajo y de capital también desempeñaron un papel importante en la mayoría de los conceptos socialistas de reformas desarrollados durante el período del socialismo real en Polonia, Hungría, y las antiguas Checoslovaquia y Unión Soviética. A partir de 1989/90, la discusión sobre el socialismo se convirtió de nuevo en una discusión académica.

Hoy en día, un debate sobre la relación entre el socialismo y la economía de mercado solo tiene sentido si los participantes se enfrentan tanto a la crítica de la desastrosa economía planificada en el «socialismo real existente» como a la crítica de la supuesta eficiencia y racionalidad de los mercados y la competencia de mercado. No hay ninguna buena razón para presentar el socialismo de mercado y la democracia económica de manera puramente defensiva, como compromisos temporalmente necesarios que deben contraerse durante un período de transición. Doblegarse a los autoproclamados profetas del único «verdadero» socialismo es tan inapropiado como siempre.

La falsa y dogmática dicotomía entre mercado y plan -o incluso entre mercado y socialismo- no merece ninguna indulgencia. Los intercambios, las mercancías y el dinero, los mercados existen desde hace miles de años en las formas más diversas, desempeñan un papel en las formas más diversas de la economía. Sólo los economistas neoclásicos y los ideólogos neoliberales creen que el mercado es igual a la economía de mercado que a su vez es igual al capitalismo. Sin embargo, el mercado «puro» como tal no existe, ni tampoco una lógica de mercado universal; los modelos del «mercado puro» o de «competencia perfecta» tienen muy poco que ver con el mundo real de los mercados en el capitalismo existente. En las economías capitalistas la planificación se ha hecho siempre, mientras que al mismo tiempo los mercados siempre han sido contenidos y regulados (y luego desembridados y desregulados). En más de una ocasión, las economías capitalistas, incluidas las tan grandes como la de los Estados Unidos, fueron adaptadas en un corto período de tiempo, a través de la intervención estatal, que incluyó una importante invasión de la sagrada propiedad privada, hasta el punto de la expropiación y el control de precios.

Abolir el dinero, los precios, la competencia y los mercados para acabar con el capitalismo: esto supuestamente es radical, pero ingenuo en el mejor de los casos. Los conceptos socialistas de mercado son más exigentes. Porque no solo es necesario justificar qué mercados y libertades de mercado deben mantenerse, sino también explicar qué mercados y libertades de mercado deben ser restringidos o abolidos y con qué propósito. Ambos presuponen una crítica desarrollada de la economía capitalista. Esto es cualquier cosa menos ingenuo.

es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso, profesor de economía política en la Universidad de Lancaster y colaborador desde hace tiempo de Der Freitag . Hace un par de meses se publicó su libro «Friedrich Engels oder: Wie ein Cotton-Lord» den Marxismus erfand (Friedrich Engels o cómo un «señor del algodón» inventó el marxismo) en la editorial Karl Dietz de Berlin

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