COVID-19, la enfermedad provocada por el coronavirus SARS-CoV-2, el segundo virus causante del síndrome agudo respiratorio severo desde 2002, ya es oficialmente una pandemia. A finales de marzo, ciudades enteras están confinadas y los hospitales, uno tras otro, se colapsan debido a la avalancha de pacientes.

China, con su brote inicial en fase descendente, respira ahora con alivio.1 Corea del Sur y Singapur también. Europa, especialmente Italia y España, pero cada vez más países, ya sienten el peso de las muertes en esta fase temprana del brote. América Latina y África comienzan ahora a acumular contagios, y algunos países se preparan mejor que otros. En EE UU, un país líder aunque solo sea por ser el más rico de la historia universal, el futuro próximo se ve desolador. No se prevé que el brote alcance su pico en EE UU hasta mayo y el personal médico y auxiliar ya pugna por el acceso a los escasos suministros de equipos de protección personal.2 Las enfermeras, a las que los Centros para el Control y Protección de Enfermedades (CDC) recomendaron de manera indignante usar pañuelos y bufandas como mascarillas, ya han declarado que “el sistema está condenado”.3

Mientras, el gobierno de EE UU continúa pujando frente a los Estados de la Unión que tratan de adquirir a título individual equipos médicos básicos, que el gobierno se había negado a comprar para ellos. Asimismo, ha anunciado mano dura en la frontera como medida de salud pública, mientras que el virus se propaga a sus anchas dentro del país.4

Un equipo de epidemiología del Imperial College hizo una proyección en la que la mejor campaña de mitigación –aplanando la curva de contagios que se acumulan al poner en cuarentena los casos detectados y al distanciar socialmente a los mayores–causaría en EE UU 1.100.000 muertos y un número de contagios ocho veces mayor que el total de camas de cuidados intensivos que hay en el país.5 La supresión de la enfermedad, con el fin de erradicar el brote, implicaría una cuarentena y distanciamiento de comunidades enteras (y de cada familia) al estilo chino, incluido el cierre de instituciones. Eso permitiría que en EE UU se redujera el número de muertos a unos 200.000.

El equipo del Imperial College calcula que una campaña de supresión efectiva debería durar al menos 18 meses, con el sobrecoste que supondría de contracción económica y el declive de los servicios sociales. Ha propuesto equilibrar las exigencias del control de la epidemia y la economía alternando la cuarentena y el abandono de la misma, en función de un nivel determinado de ocupación de las camas de cuidados intensivos.

Otros expertos han refutado. Un grupo liderado por Nassim Taleb, autor de la teoría del cisne negro, declara que al modelo del Imperial College le falta incluir el rastreo de los contactos y el seguimiento puerta por puerta.6 No tiene en cuenta que el brote ha quebrado la voluntad de muchos gobiernos de evitar este tipo de cordones sanitarios. Cuando el brote comience su declive, muchos países considerarán apropiadas tales medidas, esperemos que con una demostración funcional y precisa. Como ha dicho un gracioso: “El Coronavirus es demasiado radical. América necesita un virus más moderado, al que podamos responder gradualmente.”7

El grupo de Taleb señala la renuncia del equipo del Imperial College a investigar en qué condiciones puede lograrse la extinción del virus. Esta extirpación no significa que no haya contagios, sino que estos estén suficientemente aislados para que las personas infectadas no causen nuevas cadenas epidémicas. Solo el 5 % de las personas susceptibles que estuvieron en contacto con un infectado en China enfermaron después. En efecto, el equipo de Taleb defiende el programa de supresión de China, que resulta suficientemente rápido para eliminar el brote evitando enredarse en una continua alternancia entre el control de la enfermedad y asegurar que la economía no se quede sin mano de obra. En otras palabras, el enfoque estricto (e intensivo en recursos) de China libera a su población del secuestro de meses –o incluso años– que el grupo del Imperial College recomienda realizar en otros países.

El epidemiólogo matemático Rodrick Wallace, uno de nosotros, revierte completamente el método de los modelos matemáticos. El modelado de emergencias, aunque sea necesario, pasa por alto cuándo y dónde comenzar. Las causas estructurales también forman parte de la emergencia. Incluirlas nos ayuda a averiguar cómo responder mejor, más allá de limitarnos a relanzar la economía que ha producido el mal. Escribe Wallace:

Si a los bomberos se les dota de recursos suficientes en condiciones normales, la mayoría de los incendios podrán contenerse con un mínimo de víctimas y destrucción de bienes. Sin embargo, esa contención depende críticamente de otra tarea menos romántica, pero no menos heroica: los persistentes y continuos esfuerzos de regulación que limitan el peligro en la construcción mediante la elaboración y aplicación de normas, y esto también asegura que los recursos para los bomberos, el saneamiento y la preservación de los edificios estén garantizados en todos los niveles que se precisen… El contexto cuenta en las infecciones pandémicas, y las estructuras políticas actuales, que permiten que empresas multinacionales agrarias privaticen las ganancias mientras externalizan y socializan los costes, deben ser objeto de una regulación que reinternalice dichos costes si queremos evitar verdaderas enfermedades pandémicas masivas en un futuro próximo.8

La falta de preparación y de respuesta al brote no empezó en diciembre, cuando los países de todo el mundo no respondieron a la COVID-19 cuando esta salió de Wuhan. En EE UU, por ejemplo, no comenzó cuando Donald Trump desmanteló el equipo de preparación para pandemias de su consejo de seguridad nacional o dejó sin dotar 700 puestos de trabajo en el CDC.9 Tampoco comenzó cuando las autoridades federales no actuaron después de conocer los resultados de una simulación de pandemia en 2017 que mostraba que el país no estaba preparado.10 Ni cuando, como señala un titular de Reuters, EE UU “eliminó el trabajo de expertos del CDC en China meses antes de la aparición del virus”, aunque el hecho de no tener un contacto temprano directo con un estadounidense experto en el tema en China sin duda debilitó la respuesta de EE UU. Tampoco comenzó con la desafortunada decisión de no usar los kits de prueba disponibles y provistos por la Organización Mundial de la Salud (OMS). En conjunto, los retrasos de la información temprana y la falta total de pruebas serán indudablemente responsables de muchas, probablemente miles, de vidas perdidas.11

En realidad, estos fallos venían programados desde hace décadas, cuando se descuidaron y mercantilizaron simultáneamente los bienes comunes de la sanidad pública.12 Un país prisionero de un régimen epidemiológico individualizado y acostumbrado a responder a necesidades puntuales –una contradicción absoluta–, con apenas suficientes camas y equipos hospitalarios para un funcionamiento normal, es por definición incapaz de reunir los recursos necesarios para intentar un método de supresión como el de China.

Continuando con el argumento del equipo de Taleb sobre las estrategias de modelado matemático en términos más explícitamente políticos, el ecólogo de enfermedades Luis Fernando Chaves, otro coautor de este artículo, se remite a los biólogos dialécticos Richard Levins y Richard Lewontin para coincidir en que “dejar que los números hablen” solo enmascara todos los supuestos incorporados de antemano.13 Modelos como el estudio del Imperial College limitan explícitamente el alcance del análisis a unas cuestiones estrechamente delimitadas, enmarcadas en el orden social dominante. Por su misma concepción, no logran captar las fuerzas del mercado más amplias que generan los brotes y las decisiones políticas que subyacen a las intervenciones.

Conscientemente o no, las proyecciones resultantes sitúan en un segundo plano la salud de todo el mundo, incluidas las tantas miles de personas más vulnerables que morirían si un país se dedicara a alternar entre la lucha contra la enfermedad y la economía. La visión foucaultiana de un Estado que actúa sobre una población en su propio interés no representa más que una actualización, aunque más benigna, del concepto maltusiano de la inmunidad de grupo, que propuso el gobierno conservador del Reino Unido y ahora el de los Países Bajos, dejando que el virus se propagara entre toda la población sin traba alguna.14 Hay pocas pruebas, más allá de una esperanza ideológica, de que la inmunidad de grupo vaya a garantizar la contención del brote. El virus puede evolucionar fácilmente y salir de debajo de la manta inmune de la población.

Intervención

¿Qué hacer entonces? En primer lugar, hemos de ser conscientes de que, al responder correctamente a la emergencia, seguiremos sometidos a la necesidad y al peligro.

Es preciso nacionalizar hospitales como ha hecho España en respuesta al brote.15 Es necesario multiplicar el número de pruebas de detección y mejorar la rapidez de los resultados, como ha hecho Senegal.16 Hace falta socializar los medicamentos.17 Tenemos que reforzar al máximo las protecciones para el personal médico, a fin de frenar el contagio de los y las profesionales. Hay que garantizar el derecho de reparar los respiradores y otros equipos médicos.18 Hemos de ponernos a producir masivamente cócteles de antivirales como remdesivir y la clásica cloroquina que se emplea contra la malaria (y cualquier otro producto que parezca prometedor), mientras llevamos a cabo ensayos clínicos para comprobar si funcionan fuera del laboratorio.19 Debería implementarse un sistema de planificación para (1) obligar a las empresas a producir los respiradores y equipos de protección personal necesarios que reclama el personal sanitario, y (2) priorizar la asignación de fondos a los lugares más necesitados.

Debemos crear un cuerpo masivo de profesionales para la pandemia a fin de proporcionar la fuerza de trabajo –desde la investigación hasta los cuidados– capaz de responder a la demanda que el virus (y cualquier otro patógeno futuro) nos impone. Contar con el número de camas de cuidados intensivos, el personal y los equipos necesarios que estén a la altura del número de contagios para que la supresión de la pandemia permita reducir el diferencial con las cifras actuales. En otras palabras, no podemos aceptar la idea de sobrevivir meramente al actual ataque aéreo de la COVID-19, solo para luego volver al rastreo de contactos y el aislamiento de los casos con el objetivo de rebajar el brote por debajo de su umbral. Debemos contratar suficiente personal para detectar la COVID-19 casa por casa ahora y proveerlo del equipo de protección necesario, como máscaras adecuadas. Mientras, tenemos que poner en pausa una sociedad organizada alrededor de la expropiación, desde los propietarios de tierras hasta las sanciones a otros países, para que la gente pueda sobrevivir tanto a la enfermedad como a la cura.

Hasta que pueda implementarse un programa de esta índole, sin embargo, la gran mayoría de la población permanece en gran parte abandonada. Aunque es preciso presionar continuamente a los gobiernos recalcitrantes, en el espíritu de una tradición en gran medida perdida en la organización proletaria que se remonta a 150 años atrás, todas las personas que puedan deberían sumarse a los grupos de ayuda mutua y a las brigadas vecinales que están apareciendo.20 Profesionales de la sanidad pública que puedan aportar los sindicatos deberían instruir a estos grupos para evitar que las actividades de ayuda contribuyan a propagar el virus.

La insistencia en que integremos los orígenes estructurales del virus a los planes de emergencia nos ofrece la clave para aprovechar cada paso adelante a fin de proteger a la gente antes que las ganancias.

Uno de los muchos peligros radica en la normalización de la “locura de las heces de murciélago” que se está llevando a cabo en la actualidad, una caracterización casual dado el síndrome que sufren los pacientes: el proverbial excremento de murciélago en los pulmones. Necesitamos retener el shock que sentimos cuando supimos que otro virus del SARS emergió de sus refugios en la fauna silvestre y en cuestión de ocho semanas se esparció por toda la humanidad.21 El virus surgió en un extremo de una cadena de suministro regional de alimentos exóticos, originando efectivamente, en el otro extremo, una concatenación de infecciones entre seres humanos en Wuhan, China.22 Desde allí, el brote se difundió localmente y se subió a trenes y aviones, propagándose por todo el mundo a través de una red estructurada por conexiones de viajes y por una jerarquía descendente de ciudades grandes a otras más pequeñas.23

Aparte de describir el mercado de animales salvajes en el típico estilo orientalista, poco esfuerzo se ha dedicado a una de las cuestiones más evidentes. ¿Cómo llegó el sector de los alimentos exóticos a un punto en el que podía vender sus productos junto con el ganado más tradicional en el mayor mercado de Wuhan? Los animales no estaban vendiéndose por la puerta trasera de una camioneta o en un callejón. Pensemos en los permisos y los pagos implicados (y su desregulación).24 Mucho más allá de la pesca, los alimentos a base de animales salvajes son un sector cada vez más formalizado en todo el mundo, cada vez más capitalizado por los mismos fondos que respaldan la ganadería industrial.25 Aunque en ninguna parte alcanzan el volumen de producción de esta, la diferenciación es ahora más opaca.

La geografía económica subyacente se extiende desde el mercado de Wuhan hasta el interior de la provincia, donde se crían alimentos exóticos y tradicionales mediante operaciones que bordean los límites de una zona silvestre menguante.26 A medida que la producción industrial invade hasta el último bosque, la obtención de alimentos salvajes debe adentrarse todavía más para criar sus manjares o esquilmar los últimos rincones. Así, el más exótico de los patógenos, en este caso el SARS-2, alojado en murciélagos, se abre camino hasta un camión, ya sea en animales de alimentación o en la mano de obra de quienes los cuidan, salta del final del cada vez más largo circuito periurbano hacia otro antes de llegar al escenario mundial.27

Infiltración

La conexión requiere una labor de desarrollo, en cuanto que nos ayuda a planificar cómo avanzar durante este brote y nos ayuda a entender cómo la humanidad se metió a sí misma en esta trampa.

Algunos patógenos surgen directamente de los centros de producción. Pensamos en las bacterias provenientes de alimentos como la salmonela y la del género Campylobacter. Pero muchos, como la COVID-19, se generan en las fronteras de la producción de capital. De hecho, por lo menos el 60 % de los nuevos patógenos humanos emergen al saltar de las comunidades de animales salvajes a las comunidades humanas locales (antes de que las más exitosas se propaguen al resto del mundo).28

Una serie de celebridades del campo de la ecosalud, financiadas en parte por Colgate-Palmolive y Johnson & Johnson, empresas que impulsan la brecha sangrienta de las deforestaciones en aras del agronegocio, elaboraron un mapa global basado en brotes previos a partir de 1940, aventurando dónde pueden llegar a emerger sobre la marcha nuevos patógenos.29 Cuanto más cálido el color de un lugar del mapa, tanto más probable es que surja un nuevo patógeno allí. Pero al confundir tales geografías absolutas, el mapa elaborado por este equipo –con rojo vivo en China, India, Indonesia, y partes de América Latina y África– pasa por alto una cuestión crucial. Centrarse en las zonas de brote olvida las relaciones compartidas con los agentes económicos mundiales que configuran las epidemiologías.30 Los intereses del capital que respaldan los cambios del uso de la tierra y la emergencia de enfermedades, inducidos por el desarrollo y la producción, en las partes subdesarrolladas del planeta, premian los esfuerzos por atribuir la responsabilidad de los brotes a las poblaciones indígenas y sus pretendidas prácticas culturales sucias.31 La preparación de la carne de los animales salvajes y los entierros caseros son dos prácticas a las que se culpa de la emergencia de nuevos patógenos. En cambio, trazar las geografías relacionales convierte de pronto a Nueva York, Londres y Hong Kong, fuentes clave del capital global, en tres de los peores lugares críticos del mundo.

Mientras, las zonas de brote ni siquiera están ya organizadas de acuerdo con los sistemas de gobierno tradicionales. El intercambio ecológico desigual –que desvía los peores males de la agroindustria al Sur global– ha dejado de despojar tan solo los recursos locales de la mano del imperialismo ejercido por los Estados, para adentrarse en nuevos complejos que abarcan todas las escalas y mercancías.32 La agroindustria está reconfigurando sus operaciones extractivistas en redes discontinuas en el espacio, en territorios de distintos tamaños.33 Por ejemplo, una serie de repúblicas de la soja de base multinacional se extienden ahora por Bolivia, Paraguay, Argentina y Brasil. La nueva geografía se encarna en los cambios de la estructura de gestión de las empresas, la capitalización, la subcontratación, las sustituciones de la cadena de suministro, el arrendamiento y la puesta en común de tierras transnacionales.34 Al estar situados a ambos lados de las fronteras nacionales, estos países mercancía, que se acomodan de manera flexible en las ecologías y las demarcaciones políticas, están generando nuevas epidemias sobre la marcha.35

Por ejemplo, a pesar de que el traslado general de población de las áreas rurales mercantilizadas a los arrabales urbanos continúa hoy en todo el mundo, la divisoria entre el mundo rural y el urbano, que anima gran parte de la discusión acerca de la emergencia de enfermedades, no advierte el trabajo destinado a las zonas rurales y el rápido crecimiento de pueblos rurales para convertirse en desakotas periurbanas (aldeas ciudad) o zwischenstadt (entreciudades). Mike Davis y otros han identificado cómo estos nuevos paisajes urbanizantes sirven tanto de mercados locales como de plataformas regionales para mercancías agrícolas mundiales que pasan por ellos.36 Algunas regiones de este tipo se han vuelto incluso postagrarias.37 A resultas de ello, la dinámica de las enfermedades de los bosques, fuentes primitivas de los patógenos, ya no se limitan solamente al interior de la selva. Sus epidemias asociadas se han vuelto relacionales, sentidas a través del tiempo y el espacio. Un SARS puede hallarse de pronto saltando a los humanos en la gran ciudad tan solo días después de haber salido de su cueva en algún murciélago.

Los ecosistemas en los que tales virus salvajes estaban parcialmente bajo control, gracias a las complejidades de la selva tropical, se ven radicalmente dinamizados por la deforestación impulsada por el capital y, en el otro extremo del desarrollo periurbano, por las deficiencias de la sanidad pública y del saneamiento medioambiental.38 Mientras que debido a ello muchos patógenos selváticos mueren con sus especies huésped, un subgrupo de infecciones que alguna vez se consumieron relativamente pronto en el bosque, aunque fuese solo por una frecuencia irregular de los encuentros con su especie huésped típica, ahora se propagan a través de las poblaciones humanas susceptibles, cuya vulnerabilidad hacia las infecciones se encuentra muchas veces exacerbada en las ciudades por los programas de austeridad y una regulación corrupta. Incluso frente a vacunas eficaces, los brotes resultantes se caracterizan por su mayor alcance, duración y dinamismo. Lo que una vez fueron erupciones locales ahora son epidemias que se abren camino a través de redes globales de viajes y comercio.39

Por este efecto de paralaje –por el mero cambio del trasfondo medioambiental–, viejos conocidos como el ébola, el zika, la malaria y la fiebre amarilla, que evolucionaban comparativamente poco, se han convertido de pronto en amenazas regionales.40 Repentinamente han pasado de propagarse alguna vez entre campesinos de lugares remotos a infectar a miles de personas en grandes ciudades. Y en cierto modo en la otra dirección ecológica, incluso los animales salvajes, habitualmente antiguos reservorios de agentes patógenos, están sufriendo ahora sus efectos. Con sus poblaciones fragmentadas a causa de la deforestación, los monos nativos del Nuevo Mundo y susceptibles a la fiebre amarilla de tipo silvestre, a la que están expuestos desde hace un centenar de años por lo menos, están perdiendo su inmunidad de grupo y mueren por cientos de miles.41

Expansión

Por su mera expansión global, la agricultura mercantil sirve tanto de propulsora como de nexo a través del cual patógenos de diversos orígenes migran del reservorio más remoto al centro demográfico más internacional.42 Es aquí, y en el camino, donde los nuevos patógenos se infiltran en la agricultura de comunidades cerradas. Cuanto más largas sean las cadenas de suministro asociadas y mayor sea la amplitud de la deforestación concomitante, más diversos (y exóticos) serán los patógenos zoonóticos que entran en la cadena alimentaria. Entre los recientes patógenos emergentes o reemergentes de la ganadería y los patógenos transmitidos a través de los alimentos, originados en todo el dominio antropogénico, están la fiebre porcina africana, Campylobacter, Cryptosporidium, Cyclospora, Ebola Reston, E. coli O157:H7, fiebre aftosa, hepatitis E, listeriosis, virus nipah, fiebre Q, salmonela, Vibrio, Yersinia y una variedad de nuevas variantes de gripe como H1N1 (2009), H1N2v, H3N2v, H5N1, H5N2, H5Nx, H6N1, H7N1, H7N3, H7N7, H7N9 y H9N2.43

Aunque no de forma intencionada, la totalidad de la línea de producción está organizada en torno a prácticas que aceleran la evolución de la virulencia de los patógenos y su subsiguiente transmisión.44 Los crecientes monocultivos genéticos –animales y plantas comestibles con genomas casi idénticos– eliminan los cortafuegos inmunológicos que en poblaciones más diversas frenan la transmisión.45 Ahora los patógenos pueden evolucionar rápidamente alrededor de los genotipos inmunes comunes del huésped. Mientras tanto, las condiciones de hacinamiento deprimen la respuesta inmunitaria.46 El aumento en la población de ganado y de su densidad en las granjas industriales facilitan la transmisión y las infecciones recurrentes.47 La elevada rotación, propia de cualquier producción industrial, aporta continuamente un renovado suministro de sujetos susceptibles en establos, granjas y a escala regional, eliminando el límite de la evolución de la mortalidad del patógeno.48 Alojar un montón de animales juntos premia a las cepas que mejor se expanden entre ellos. Reducir la edad de sacrificio –a seis semanas en los pollos– facilita la selección de los patógenos capaces de sobrevivir en sistemas inmunes más robustos.49 Ampliar la extensión geográfica del comercio y la exportación de animales vivos ha incrementado la diversidad de los segmentos genómicos que intercambian sus patógenos asociados, acrecentando el ritmo en que los agentes patógenos exploran sus posibilidades de evolución.50

Mientras la evolución de los patógenos se propulsa por estas vías, sin embargo, apenas hay intervención, ni siquiera a petición del propio sector, salvo la requerida para rescatar los márgenes fiscales de cualquier distrito por la repentina aparición de un brote.51 La tendencia apunta a una reducción de las inspecciones gubernamentales en las explotaciones ganaderas y las plantas de procesado, a una legislación contraria a la supervisión gubernamental y a la exposición a los activistas, y a una legislación contraria incluso a la publicación de los detalles de los brotes mortales en los medios de comunicación. A pesar de las recientes victorias judiciales contra de contaminación por pesticidas y granjas porcinas, el carácter privado de la producción hace que esta se mantenga completamente enfocada a las ganancias. Los daños causados por los brotes resultantes se externalizan al ganado, los cultivos, la flora y fauna salvaje, los trabajadores, los gobiernos locales y nacionales, los sistemas públicos de salud y distintos agrosistemas del extranjero como una cuestión de prioridad nacional. En Estados Unidos, los informes del CDC señalan que los brotes transmitidos por los alimentos aumentan en un número creciente de países y personas infectadas.52

Es decir, la alienación del capital redunda en beneficio del patógeno. Mientras que el interés público no puede cruzar las puertas de las granjas y de las factorías de alimentos, los patógenos se escurren a través de la bioseguridad que las empresas estén dispuestas a pagar y de nuevo salen al público. La producción de todos los días representa un lucrativo riesgo moral que se abre camino hasta afectar a nuestra salud compartida.

Liberación

Hay una ironía ilustrativa en Nueva York, una de las ciudades más grandes del mundo, confinada frente a la COVID-19, a un hemisferio de distancia del origen del virus. Millones de neoyorquinos se esconden en bloques de viviendas supervisados hasta hace poco por una tal Alicia Glen, hasta 2018 teniente de alcalde de la ciudad, encargada de la vivienda y el desarrollo económico.53 Glen había sido antes ejecutiva de Goldman Sachs, donde supervisaba el Urban Investment Group del banco de inversión, una empresa que financia proyectos en comunidades que contribuyen a proyectar otras unidades de la matriz.54

Glen, por supuesto, no es en absoluto personalmente culpable del brote, sino que más bien simboliza una conexión que nos acerca al fondo de la cuestión. Tres años antes de que el ayuntamiento la contratara, tras una crisis inmobiliaria y la gran recesión causadas en parte por ella misma, su anterior empresa, junto con JP Morgan, Bank of America, Citygroup, Wells Fargo & CO. y Morgan Stanley, asumieron el 63 % de la financiación del crédito federal de emergencia resultante.55 Goldman Sachs, liberado de sus pérdidas, pasó a diversificar sus activos para salir de la crisis. Adquirió el 60 % de las acciones de Shuanghui Investment and Development, que forma parte de la gigantesca agroindustria china y que había comprado la empresa estadounidense Smithfield Foods, el mayor productor de carne de cerdo del mundo.56 Por 300 millones de dólares también consiguió hacerse con la propiedad de diez granjas avícolas en Fujian y Hunan, situadas a una provincia de distancia de Wuhan y en plena área de captación de alimentos silvestres de la ciudad.57 Invirtió además otros 300 millones de dólares junto con Deutsche Bank en granjas de cerdos en las mismas provincias.58

Las geografías relacionales que hemos explorado más arriba han recorrido todo el camino de regreso. Está la pandemia que enferma actualmente a la gente de los distritos electorales de Glen, de apartamento a apartamento, en toda Nueva York, el epicentro de la COVID-19 más grande de EE UU. Pero también hemos de reconocer que el circuito de causas del brote se extendió parcialmente a partir de Nueva York, por muy pequeña que sea, en este caso, la inversión de Goldman Sachs en comparación con un sistema del tamaño de la agricultura china.

Al apuntar con el dedo nacionalista, desde el racista virus chino de Trump hasta todo el espectro liberal, se ocultan los directorios globales imbricados del Estado y el capital.59 Los “hermanos enemigos”, como los calificó Karl Marx.60 La muerte y los daños sufridos por la clase trabajadora en el campo de batalla, en la economía y ahora en sus sofás luchando por recuperar el aliento, son expresión tanto de la competencia entre las elites que pugnan por los recursos naturales, cada vez más escasos, como de los medios compartidos para dividir y conquistar a la masa de la humanidad atrapada en los engranajes de estas maquinaciones.

En efecto, una pandemia que surge del modo de producción capitalista y que se espera que el Estado gestione en un extremo, puede ofrecer una oportunidad de prosperar a los administradores y beneficiarios del sistema en el otro extremo. A mediados de febrero, cinco senadores de EE UU y veinte diputados de la Cámara de Representantes cobraron millones de dólares por la venta de acciones que poseían en sectores que probablemente saldrán perjudicados a raíz de la pandemia.61 Los políticos realizaron la operación basándose en información confidencial que no es de dominio público, por mucho que algunos de los representantes siguieran propagando los mensajes del régimen acerca de que la pandemia no comportaba tal amenaza.

Más allá de esos robos burdos, la corrupción en EE UU es sistémica, un indicador del final del ciclo de acumulación cuando el capital hace caja.

Hay algo relativamente anacrónico en los esfuerzos por mantener el tren en marcha aunque esté organizado en torno a la reificación de las finanzas por encima de la realidad de las ecologías primarias (y las epidemiologías asociadas) en las que se basa. Para el propio Goldman Sachs, la pandemia, como las crisis anteriores, ofrece “espacio para crecer”:

Compartimos el optimismo de los diversos expertos en vacunas y de los investigadores de las empresas de biotecnología, basados en los progresos que se han hecho hasta ahora con diversas terapias y vacunas. Creemos que el miedo desaparecerá a la primera prueba significativa de este progreso…

Tratar de negociar con miras a un posible objetivo más bajo, cuando el objetivo de fin de año es sustancialmente más alto, vale para las operaciones intradía, los inversores impulsivos y algunos gestores de fondos de cobertura, pero no para quienes invierten con la vista puesta en el largo plazo. También es importante saber que no es seguro que el mercado descienda a los niveles más bajos que pueden servir de justificación para vender hoy. Por otra parte, confiamos más en que el mercado alcanzará finalmente el objetivo más alto dada la resiliencia y la preeminencia de la economía de EE UU.

Y por último, creemos que los niveles actuales ofrecen la oportunidad de aumentar lentamente los niveles de riesgo de una cartera. Para aquellos que dispongan de un exceso de efectivo y tengan capacidad de perseverancia con la correcta asignación estratégica de activos, este es el momento de empezar a sumar cada vez más a las acciones de S&P.62

Consternadas por la avalancha de muertes, personas de todo el mundo sacan conclusiones diferentes.63 Los circuitos del capital y de la producción que los patógenos marcan como si fueran etiquetas radioactivas, una tras otra, se consideran desmesurados. ¿Cómo caracterizar estos sistemas más allá, como hicimos anteriormente, de lo episódico y circunstancial? Nuestro grupo está trabajando en la derivación de un modelo que deja atrás los esfuerzos de la medicina colonial moderna que se halla en la ecosalud y en la estrategia One Health y que sigue culpando a los pueblos indígenas y a los pequeños propietarios locales de la deforestación que conduce a la aparición de enfermedades mortales.64

Nuestra teoría general sobre el surgimiento de las enfermedades neoliberales, que incluye, sí, a China, combina:

· Circuitos globales del capital.

· Despliegue de este capital destruyendo la complejidad medioambiental regional que mantiene en jaque el crecimiento de la población de patógenos virulentos.

· El consiguiente aumento de la frecuencia y amplitud taxonómica de los fenómenos de transmisión.

· Los circuitos periurbanos de mercancías cada vez más amplios que trasladan estos nuevos patógenos transmitidos al ganado y al personal desde el entorno más profundo a las ciudades regionales.

· Las crecientes redes mundiales de viajes (y comercio de ganado) que transmiten los patógenos de dichas ciudades al resto del mundo en un tiempo récord.

· Las vías por las que esas redes reducen la fricción en la transmisión, promoviendo la selección evolutiva de una mayor mortalidad de los patógenos tanto en el ganado como en las personas.

· Y, entre otras imposiciones, la falta de reproducción in situ en la ganadería industrial, eliminando la selección natural como un servicio de los ecosistemas que aporta protección frente a las enfermedades en tiempo real (y casi gratuita).

La premisa de trabajo subyacente es que la causa de la COVID-19 y otros patógenos de esta clase no se encuentra tan solo en el objeto de cualquier agente infeccioso o en su curso clínico, sino también en el ámbito de las relaciones ecosistémicas que el capital y otras causas estructurales han postergado en su propio beneficio.65 La amplia variedad de patógenos, que representan diferentes taxones, huéspedes fuente, modos de transmisión, cursos clínicos y consecuencias epidemiológicas, todas esas características que nos hacen correr alocadamente a nuestros buscadores con cada brote, marcan diferentes partes y vías a lo largo de los mismos tipos de circuitos de uso de la tierra y acumulación de valor.

Un programa general de intervención corre paralelo y muy al margen de un virus determinado.

Para evitar los peores efectos de ahora en adelante, la desalienación ofrece la siguiente gran transición humana: abandonar las ideologías coloniales, reintroducir a la humanidad de nuevo en los ciclos de regeneración de la Tierra y redescubrir nuestro sentido de la individuación en multitudes más allá del capital y del Estado.66 Sin embargo, el economicismo, la creencia de que todas las causas son exclusivamente económicas, no comportará una liberación suficiente. El capitalismo global es una hidra de muchas cabezas, que se apropia, internaliza y ordena múltiples capas de relación social.67 El capitalismo opera a través de terrenos complejos e interrelacionados de raza, clase y género al actualizar los regímenes de valor regionales en un lugar tras otro.

A riesgo de aceptar los preceptos de lo que la historiadora Donna Haraway desechó como historia de la salvación –“¿podemos desactivar la bomba a tiempo?”–, la desalienación debe desmantelar estas múltiples jerarquías de opresión y las maneras específicamente locales en que interactúan con la acumulación.68 En el camino, debemos salir de las reapropiaciones expansivas del capital en todos los materialismos productivos, sociales y simbólicos.69 Es decir, situarnos fuera de lo que viene a ser un totalitarismo. El capitalismo mercantiliza todo (la exploración de Marte por acá, el sueño por allá, las lagunas de litio, la reparación de ventiladores, incluso la propia sostenibilidad, y una y otra vez, estas muchas permutaciones se encuentran mucho más allá de la fábrica y la granja). Todas las formas en que casi todo el mundo en todas partes está sometido al mercado, que en un momento como este está cada vez más antropomorfizado por los políticos, no podrían ser más claras.70

En suma, una intervención efectiva que impida que cualquiera de los muchos patógenos que hacen cola en el circuito agroeconómico mate a mil millones de personas debe cruzar la puerta de un enfrentamiento global con el capital y sus representantes locales, por mucho que cualquier soldado de a pie de la burguesía, Glen entre ellos, intente mitigar el daño. Como afirma nuestro grupo en algunos de nuestros últimos trabajos, la agroindustria está en guerra con la salud pública.71 Y la salud pública está perdiendo.

Sin embargo, si una humanidad mejor gana en este conflicto generacional, podemos reincorporarnos a un metabolismo planetario que, por más que se exprese de manera distinta en cada lugar, reconecte nuestras ecologías y nuestras economías.72 Tales ideales son más que sueños utópicos. Al hacerlo, convergemos en soluciones inmediatas. Protegemos la complejidad de los bosques que impide que los patógenos mortales se dispongan en masa a salir disparados directamente a la red global de viajes.73 Reintroducimos las diversidades de ganados y cultivos, y reintroducimos la cría de animales y los cultivos a escalas que impiden que los patógenos aumenten en virulencia y extensión geográfica.74 Permitimos que nuestros animales de alimentación se reproduzcan sobre el terreno, reiniciando la selección natural que permite a la evolución inmunitaria rastrear los patógenos en tiempo real. En general, dejamos de tratar a la naturaleza y a la comunidad, tan repletas como están de todo lo que necesitamos para sobrevivir, como un competidor más que deba ser arrollado por el mercado.

La salida pasa nada menos que por dar a luz un mundo (o quizás más de uno en la vía de regresar a la Tierra). También ayudará a resolver –no sin esfuerzo– muchos de nuestros problemas más apremiantes. Ninguna persona, atrapada en la sala de estar desde Nueva York hasta Pekín, o peor aún, llorando a sus muertos, quiere pasar por un brote así otra vez. Sí, las enfermedades infecciosas, la mayor fuente de mortalidad prematura durante la mayor parte de la historia de la humanidad, seguirán siendo una amenaza. Pero dado el bestiario de patógenos que circula actualmente, que en su mayoría salen hoy de sus madrigueras casi todos los años, es probable que nos enfrentemos a otra pandemia mortal en un tiempo mucho más corto que la pausa de cien años desde 1918. ¿Podemos ajustar a fondo los modos en que nos apropiamos de la naturaleza y conseguir una mayor tregua con estas infecciones?

Véanse las notas en el original: https://monthlyreview.org/2020/04/01/covid-19-and-circuits-of-capital/

Autores:

Rob Wallace es epidemiólogo evolucionario y ha sido asesor de la FAO y de los CDC.

Alex Liebman es doctorando en geografía humana por la Rutgers University y tiene un máster de agronomía por la Universidad de Minnesota.

Luis Fernando Chaves es ecólogo de enfermedades y ha sido investigador del Instituto Costarricense de Investigación y Enseñanza en Nutrición y Salud en Tres Ríos, Costa Rica.

Rodrick Wallace es investigador científico de la División de Epidemiología del Instituto Psiquiátrico del Estado de Nueva York en la Universidad de Columbia.

Fuente: https://vientosur.info/spip.php?article15833

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here