Rafa Rodríguez

Con la nostalgia convertida en un negocio redondo, la moda se recrea cada vez más en un pasado que la mayoría de sus actuales destinatarios ni conocen, ni comprenden. Pero, aun anclada en el tiempo, lo único que hace es reflejar el estado de ánimo de la sociedad actual

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CUANDO, EL PASADO diciembre, Google hizo pública su lista anual de los términos y expresiones más buscadas en Internet, la moda volvía a demostrar que se las pinta sola para pulsar el estado mental-emocional de la sociedad. De repente, saber cómo combinar tal o cual prenda o accesorio —resultados imbatibles en anteriores ocasiones— perdía relevancia frente al interés por la moda de los ochenta, el estilo grunge y el vestir de los noventa, búsquedas ganadoras de 2018, al menos por lo que respecta a cuestiones de indumentaria. Cierto que lo pusieron en bandeja el redescubrimiento de los viejos hitos de Versace, merced a la colección de primavera-verano en la que Donatella homenajeaba a su hermano (también desenterrado por el éxito de la serie El asesinato de Gianni Versace), y el regreso de fenómenos como la noventera Linea Rossa de Prada o los diseños grunge de 1993 que le costaron su cargo de director creativo en Perry Ellis a Marc Jacobs (producidos y de nuevo a la venta, esta vez online). Pero semejante regresión estilística no es en realidad otra cosa que el más evidente de los síntomas de una de las patologías con mayor alcance de nuestros días: la nostalgia. Quizá porque la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor nos ayuda a combatir la ansiedad ante un futuro que no puede vislumbrarse más incierto.

Desfile de la colección otoño-invierno 2012 de Phoebe Philo para Céline (en aquel entonces, con tilde) FRANÇOIS GUILLOT (GETTY IMAGES)

Sea como fuere, el caso es que la fiebre revivalista no remite. Este otoño tenemos un repunte de los noventa en clave de nihilismo grunge (Miuccia Prada, máxima responsable, está realmente asustada ante la situación sociopolítica global), pero sobre todo de los setenta y su bienvestir burgués, abanderado por Hedi Slimane desde Celine y que todos los críticos, o casi, señalan como movimiento reaccionario a la actual dominación-saturación de la informalidad streetwear. “En tiempos difíciles, la añoranza de una época en la que la sociedad estaba claramente estructurada no resulta extraña”, aduce la historiadora del traje y académica francesa Florence Müller a propósito del hoy nada discreto encanto de la burguesía, que también celebran Riccardo Tisci en Burberry y hasta Demna Gvasalia en Balenciaga. Lo curioso es que esa deseada mayoría a la que se dirigen ahora mismo marcas y diseñadores no tiene motivo alguno para sentirse apelada por tamaña andanada nostálgica, básicamente porque no posee la experiencia ni ha vivido de primera mano aquello que refieren tales estilos. Otra cosa es que se pueda hacer partícipe a mileniales y generación Z de tal sentimiento.

“¿Por qué los creadores de 40 solo rediseñan los sesenta? ¿Por qué no crean la moda de este tiempo?”

“Anemoia” lo llama el escritor estadounidense John Koenig en su Diccionario de oscura melancolía (compilación de neologismos que describen la poética del penar, glosada en 2006 y con canal de YouTube propio): la nostalgia de un tiempo que no se ha conocido. El concepto aparece transcrito casi literalmente en el capazo de paja con el que el artista neoyorquino David Kramer ha contribuido a la muy setentera colección masculina de primavera-verano 2020 de Celine (“Siento añoranza de aquello que probablemente nunca he conocido”). “La mercantilización de la nostalgia tiende a disociar la memoria de la experiencia vivida”, expone la escritora Laird Borrelli-Persson, que como jefa de los archivos de la edición estadounidense de Vogue sabe lo que es lidiar con el pasado. “En otros momentos de inquietud, como el cambio de milenio, vimos corsés en Alexander McQueen y siluetas victorianas en Yohji Yamamoto. Pero una cosa es que tu trabajo haga referencias al pasado y otra que se limite a ser una recreación. El asunto de las reediciones ha llegado a niveles preocupantes que están haciendo de la moda algo aburrido”.

No, responder a sus preguntas no es fácil. Para empezar, porque el tan traído y llevado Zeitgeist (el espíritu del tiempo, en alemán) se puede respirar de distintas maneras. “No debe haber motivo para diseñar sin interferencias exteriores, aunque yo lo intento. Pero cada uno termina haciendo su síntesis del momento. Al final, hay tantas polaroids como diseñadores que hacen la foto”, le respondía Hedi Slimane a este periodista cuando debutaba en Dior Homme, en 2001, año cero del cambio de silueta del hombre contemporáneo. Que casi dos décadas después sigamos instalados en la misma percha no dice nada bueno en términos no solo de novedad, sino de evolución. Por supuesto, conceptual y tecnológicamente los avances son obvios. Y las cuentas pendientes con la sostenibilidad, la igualdad, la diversidad y la inclusión han comenzado por fin a saldarse.

En ese sentido, el cambio de paradigma indumentario resulta innegable, independientemente de cómo se refleje. Un diseñador puede dar cuenta de conciencia ecológica, de género o de clase en su discurso y, sin embargo, que sus colecciones se traduzcan en un compendio de tienda vintage. Gucci es hoy el ejemplo evidente, sobre todo por el talante historicista de su actual director creativo, Alessandro Michele. Pero Alexander McQueen y John Galliano en su momento no lo fueron menos. Además, recrearse en el pasado no significa a la fuerza que se le considere un tiempo-lugar mejor. Reivindicar un legado o perpetuar una tradición —qué sería si no de los oficios artesanos que tanto juego le dan a la moda— también son reclamos morriñosos en positivo. Por no hablar de la mejor de las coartadas: referir aquellas experiencias que los diseñadores hayan podido vivir de manera excepcional. Es lógico que agentes provocadores y de disrupción del alcance de Demna Gvasalia, director creativo de Balenciaga, o Gosha Rubchinskiy apelen a sus recuerdos juveniles en los estertores de la Unión Soviética para construir sus narraciones, o que los códigos de la era dorada del clubbing trasciendan en las creaciones de Shayne Oliver, diseñador estadounidense experto en llevar el streetwear a lo conceptual. “Claro que en mis colecciones hay ecos de los noventa: soy tan hijo de las raves como de Martin Margiela y Helmut Lang. Acudir a ellos es como ir a beber a la fuente”, constata el belga Glenn Martens, director creativo de Y/Project, una etiqueta que no puede ser más relevante hoy.

Billie Eilish, durante una performance en el festival Lollapalooza Berlin 2019. JOSEPH OKPAKO (WIREIMAGE)

Si el poder de la moda reside en reflejar su tiempo, entonces no cabe duda de que no ha perdido músculo. La fluidez —androginia o neutralidad de género, si se prefiere— de la que hace alarde en estos momentos no deja de ser la respuesta al anhelo feminista de igualdad, también en el vestir. Aunque el auge de la silueta oversize visto en las últimas temporadas dice mucho de la aún muy necesaria sensación de protección alrededor del cuerpo de la mujer: prendas que, de alguna manera, esconden las formas asociadas a la feminidad, eliminando cualquier tentación de sexualizarlo (véase a Billie Eilish, icono generacional Z, que oculta su anatomía entre chandalismos callejeros). Por supuesto, el fenómeno del feísmo también tiene que ver con ello. Al final, este asunto deriva en la pregunta del millón: cuáles son las necesidades reales indumentarias de la mujer (o el hombre) actual. Y no, en la respuesta no puede haber nostalgia que valga.

El País

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