El día que Hugo Gatti jugó de goleador 

«Siempre me gustó entrenarme con ganas, pero en las prácticas de fútbol jugaba al medio. De arquero no. Me aburría. José Varacka me hizo comprender que de esa manera yo daba ventajas. Ahí cambié. Ya no doy más ventajas. Ni en la semana ni en la cancha», decía en 1978 el inefable Hugo Orlando Gatti, por entonces dueño absoluto del arco de Boca. No obstante, el «Loco» se daría el gusto de jugar al menos 45 minutos como centrodelantero en un encuentro amistoso, hito del que se cumplen 43 años.

En 1976, tras seis largos años de espera, Boca se sacó la mufa de encima y se llevó el Metropolitano de la mano de Juan Carlos «Toto» Lorenzo, y un equipo que dejaría huella en el club. Y tras la histórica vuelta olímpica en cancha de River el 4 de agosto de ese año, la dirigencia decidió sobre la marcha prolongar los festejos. Entonces se programó para disputar en La Bombonera un amistoso contra Platense, que también venía dulce luego de ganar el torneo de Primera B.

Aquélla fue una noche en la que todo estuvo permitido. Porque del partido entre dos equipos que festejaban sus respectivos campeonatos, no hubo mucho para analizar. De hecho, en la previa, el por entonces titular xeneize, Alberto J. Armando, se animó a patearle un penal al propio Gatti. «¿Qué presidente hizo eso? Nuestra hinchada se merece todo», se ufanó al respecto la máxima autoridad del club de la Ribera.

Los once titulares que salieron a la cancha en esa ocasión para ser ovacionados por todo el estadio fueron Gatti; Vicente «Tano» Pernía, Francisco «Pancho» Sa, Roberto Mouzo, Alberto Tarantini, Jorge «Chino» Benítez, Rubén «Chapa» Suñé, Jorge «Ruso» Ribolzi, Carlos «Heber» Mastrángelo, Jorge Veglio y Gerardo Ríos.

La sorpresa vendría en los segundos 45 minutos, cuando el Toto Lorenzo hizo salir al Toti Veglio, al arco entró José Luis Burtovoy –quien no llegó a tener partidos oficiales con el buzo azul y oro– y el Loco Gatti pasó a jugar arriba. De 9. La Bombonera, colmada, era una fiesta y las tribunas se venían abajo. Por supuesto que cada pelota que llegaba a los pies del improvisado centrodelantero era acompañada por una ovación. Pero la experiencia, según declaraciones del propio arquero, no fue tan fácil como imaginó. «Y bueno, me saqué el gusto. Esta era nuestra noche de fiesta y el público me lo pedía. Pero es difícil jugar adelante. Al segundo pique me fundí…», reconoció Gatti por entonces. El resultado, sinceramente lo de menos, fue triunfo 1-0 para el xeneize.

«Antes los partidos eran muy tristes. Se jugaba un fútbol muy amarrete… Yo me daba cuenta de que el público se aburría. Cuando la gente ni siquiera tiene ánimos para insultar, cuando el fútbol no hace vibrar, es tristísimo. Y yo me sentía obligado a alegrar a ese público que había pagado por ver un espectáculo y no se lo daban. Entonces hacía el show, a veces arriesgando más de lo debido. Ahora arriesgo lo justo y puedo jugar más serio, sin dejar de ser Gatti», afirmaba por esos años el verborrágico guardavallas, que no se privaba de hablar de sí mismo en tercera persona. Más pruebas al canto: «Gatti sigue siendo el mismo. Los que cambian es porque no se tienen fe. Y yo me sigo teniendo una fe bárbara. Sigo creyendo en Gatti. Y ahora más que nunca estoy convencido de que soy el mejor arquero del mundo, desde hace tiempo. Podría afirmar que desde la gira que hicimos con Atlanta por Israel, donde la gente quedó enloquecida conmigo, y decían que yo era más grande que Yashin», afirmaba sin pelos en la lengua el arquero pelilargo.

«Mi gran contra es que siempre fui muy irregular, muy discontinuo. Andaba tres o cuatro partidos un fenómeno y de repente era un desastre. Lógicamente, uno no puede jugar todos los partidos a un mismo nivel. Pero si yo digo que soy el mejor arquero del mundo, y no es pose, es porque estoy convencido y obligado a demostrarlo», reconocía el arquero al recordado Carlos Juvenal, en una entrevista.

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En ese sentido, luego de mandarse un error grosero en 1988 ante Deportivo Armenio –salió a cortar un largo pase que tenía como destinatario al delantero Silvano Maciel, falló en el cálculo y la jugada terminó en el único tanto del cotejo–, Gatti dejó de ser el dueño del arco de Boca. Lo conversó largamente con el entrenador José Omar Pastoriza y fue reemplazado por el juvenil arquero colombiano Carlos Fernando Navarro Montoya. Concluía así la brillante carrera de Gatti, el futbolista record del fútbol argentino. Pero esa es otra historia. 

El hombre de la vincha 
Nacido en 1944 en la ciudad bonaerense de Carlos Tejedor, Hugo Orlando Gatti se consideró desde su llegada a Buenos Aires «un hombre de campo». Debutó en 1962 en Atlanta, disputó 77 partidos en River entre 1964 y 1968 bajo la sombra del mítico Amadeo Carrizo, hasta que fue transferido a Gimnasia y Esgrima La Plata. En 1975 se incorporó a Unión de Santa Fe por expreso pedido del director técnico Juan Carlos Lorenzo, quien luego se lo llevaría a Boca, donde obtendría un bicampeonato local (1976), dos Copas Libertadores (1977 y 1978), una Copa Intercontinental (1977) y el Campeonato Metropolitano de 1981 junto a Diego Armando Maradona. Asimismo, el hombre de la vincha integró la Selección que dirigía César Luis Menotti, pero renunció poco antes del Mundial 1978, algo que benefició a Ubaldo Matildo Fillol, quien terminó siendo el titular del recordado plantel argentino que obtuvo la primera estrella. A fines de los ’80, el Loco se enfrentó con parte de la dirigencia y La Doce, que nunca le perdonaron la participación en un spot a favor del entonces cuestionado presidente radical Raúl Alfonsín, cuando arreciaban los saqueos en los supermercados por la crisis económica y social. No obstante, Gatti fue muy querido y no sólo por hinchas xeneizes. El 11 de septiembre de 1988 fue la última vez que atajó en la Primera División de Boca. El destino quiso que el inesperado broche de su dilatada carrera, su partido Nº 756, fuera en la mismísima Bombonera, escenario en el que cerró 26 años ininterrumpidos como jugador profesional.

Página12